Lunes 04 de junio de 2012 / Artículo No. 155
Por Magdalena Carreño
El poemario, publicado por el Fondo de Cultura Económica, revela la faceta clásica de un autor experimental en su narrativa

Hace mucho tiempo un novel escritor publicó un libro llamado
Poemas, el cual recibió críticas adversas que le desilusionaron y llevaron a recoger cada uno de los ejemplares existentes, incluso a pedirlos de vuelta a los amigos a quienes ya les había obsequiado uno, para luego quemarlos.
De esta autocensura sólo guardó dos poemarios, a los cuales añadió una nota en la cual pedía que no se volviera a publicar esta obra y que conservarlos era sólo un recordatorio de que habían existido.
El escritor del que hablamos es Salvador Elizondo, quien más tarde tendría mucho éxito como narrador y que, a partir de ese primer fracaso, desistió en publicar más poesías.
Sin embargo, poco después de su muerte, acaecida el 29 de marzo de 2006, su viuda Paulina Lavista encontró entre sus escritos un poemario titulado
Contubernio de espejos, que tiene textos creados y trabajados durante 1960-1964.
Este trabajo ve la luz este año gracias al Fondo de Cultura Económica (FCE). En entrevista con CulturaMX, el editor Omegar Martínez explica que en un principio pensaron que lo que Lavista les estaba ofreciendo era el primer poemario que había quemado Elizondo, sin embargo, al cotejarlo se dieron cuenta que era un inédito y que valía la pena publicarlo ya que “es el único ejercicio de verso que escribió y que publicó
post mortem”.
Asimismo, para Martínez el valor que tiene este título es que se trata de algo totalmente diferente a lo leído en la narrativa de Elizondo.
“Es un poemario muy bien hecho, en estricto sentido, se vuelve otro autor al que se vislumbra en su narrativa. En la poesía es muy clásico, muy formal, eso es lo que lo hace un acierto desde el punto de vista poético porque define estrictamente formas clásicas, versos con la métrica exacta, con la misma consonante, tiene muchos sonetos en el libro. Alrededor de los 40 poemas, 15 son sonetos.
“Explora temas clásicos de la poesía. Tiene un diálogo con la rosa, encuentros del yo poético con el espejo, reflejos de la voz poética del cuerpo del otro”.
De igual manera se pueden observar algunas de las imágenes que ponía en su narrativa como la forma y el fondo que siempre preocuparon al autor.
Algo que recalca el editor del FCE es que hay una percepción muy personal de Elizondo en
Contubernio de espejos, ya que se da permisos que en la narrativa no tenía pues sabía que se iba a publicar.
“Él escribió para leerse a sí mismo y en ese sentido es mucho más íntimo y las imágenes, aunque no dejan de ser universales, son parte de una poesía privada”.
Por ejemplo, en su último poema, titulado
Fin, escribe:
“Puedes cerrar el libro
como cierras los ojos.
Afuera el viento mece los ramajes
Y alguien canta en el bosque.
Tiempo de no sé cuándo,
camino de no sé dónde,
todo lo que tú fuiste
se me volvió poesía.
Puedes cerrar el libro:
la noche te reclama en el silencio
y yo velo tu sueño con mi olvido.”
Para Omegar Martínez este poema ejemplifica cómo el autor se dio el permiso de haber escrito poesía, de haberla revisado para después no tocar más este género.
“Es un atisbo a la intimidad de un autor que todos pensamos que no había vuelto a escribir poesía desde aquella vez que quemó su primer poemario.
“Es muy interesante porque si hubiera sido un poemario que él escribiera en los ochenta dirías: bueno, tuvo tiempo de madurarlo y de pensarlo. Pero no, es justo después de su fracaso cuando escribió este poemario, lo escribe, lo edita y lo trabaja, al parecer durante varios años aunque no le agrega versos después del 64, pero lo trabaja. Es como tener la fuerza de decir yo tengo ganas de escribir poesía, puedo escribir poesía, lo voy a hacer”.
Aunque existen dos ejemplares del primer poemario de Elizondo en casa de Paulina Lavista, en cierta forma es como si no existieran por lo que Contubernio de espejos es un ejercicio de poesía que muestra a un autor que domina formas clásicas y que por ello se justifica mucho la búsqueda de innovación en su narrativa, tal es el caso de
Farabeuf.
Omegar Martínez explica que en cierta forma, lo que pone de manifiesto este poemario es que la manera en que Elizondo trabajó fue similar a lo que un pintor como Picasso hizo.
“Elizondo sabía lo que estaba haciendo. Es como ver las primeras pinturas de Picasso cuando todavía no era cubista ni experimentaba pero se nota que sabe de pintura, de trazo, de profundidad. Con la poesía de Elizondo es lo mismo, muestra que sabía de forma, que sabía de fondo y que lo estaba con conocimiento de causa”.